viernes, 3 de marzo de 2017

QUIMERA DE JUVENTUD

Aún deben haber soñadores que al igual que yo anhelen la paz y la vean como algo más que una utopía. Además, de como un valor supremo inalienable carente de cualquier valor monetario y de propiedad que quepa en la cabeza de los hombres porque sin saberlo pertenece a todos.

Me agradan los soñadores; soñadores incansables a quienes muchos quisieran ver desfallecer, soñadores que, además encuentran un frente de batalla en cualquier lugar donde su convicción los llame. Soñadores quienes enfrentan el miedo de una sociedad demasiado cuadriculada como para valorar sus mentes tan valiosas y curiosas, llenas de fantasías en las cuales ellos son los héroes.

Aún más me agradan las mentes inquietas, impredecibles que se niegan a ser descifradas pero que esconden un universo impensable para quien intenta descubrir sus secretos. Aquéllas mentes que trascienden la barrera de lo físico y capturan o embelesan con ideas y pensamientos tan únicos como extraños.  Mentes tan retorcidas como brillantes, mentes tan monstruosas como hermosas, bocas que callan pero a la misma vez hablan, cuerpos inertes que comunican, manos inquietas que destruyen...

Ausencia de pertenencia y cada otra cosa que amenaza con destruir pero que hace valer la pena el correr el riesgo por semejante divinidad.

Me atrevo a compararme con un niño curioso acercándose a la llama sin saber el daño que esta provoca, pero, la cual deja una marca irreversible en su cuerpo, cicatriz que avoca al dolor cuando, este, ya ha superado tal suceso pero, que le impide trascender odiando pero a la misma vez deseando estar cerca así sea por un segundo más porque es otro loco drogodependiente de la basura que llaman amor.





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